Mon. Jan 30th, 2023

En la cocina de la casa del clan, el testarudo patriarca, Quimet (Jordi Pujol Dolcet), y su tranquilo anciano padre, Rogelio (Josep Abad), discuten. La tierra que han trabajado desde después de la Guerra Civil española no les pertenece a ellos sino a los Pinyol, ricos terratenientes que habían dado su palabra de no quitársela nunca. Pero sin contrato, el hijo de Pinyol ha decidido retractarse de esa promesa e instalar rentables placas solares.

La única opción de Quimet para permanecer en la tierra es dejar de cultivar y tomar un trabajo de mantenimiento de la nueva tecnología. Es una historia tan antigua como el tiempo, de cómo el vertiginoso andar de la modernidad y la ambición aplastan las antiguas formas de vida. El destacado maltés del año pasado, “Luzzu”, ofreció una mirada similar a los problemas de generaciones de pescadores en esa nación mediterránea.

En medio de cuadros de paisajes bañados por el sol, el instinto de Simón para provocar actuaciones naturalistas, que se muestra en su primer largometraje “Verano de 1993”, se combina con una estructura narrativa notablemente sigilosa que nos permite adentrarnos en la vida de estas personas, colectiva e individualmente. Con cada corte, nueva información sobre uno de los miembros de esta celosa casa emerge en una rotación fluida. Ciertas secuencias en la segunda mitad de este drama de fragmentos de la vida se arrastran, pero finalmente encuentran su curso hacia una resolución satisfactoria.

Para su primera salida como directora, Simón asumió el riesgo de tener un protagonista infantil sin experiencia previa en la actuación. Ella amplía eso en “Alcarràs”, obteniendo representaciones vividas del comportamiento cotidiano y las interacciones de un elenco completo de actores primerizos que, casi sorprendentemente teniendo en cuenta su relación, no están relacionados. Al igual que en “Verano 1993”, la apuesta da sus frutos con grandes dividendos, siendo Pujol Dolcet y Abad los que más elogios merecen.

En cuanto a la generación más joven, el interés en el negocio intensivo en mano de obra varía. Roger (Albert Bosch), el hijo adolescente de Quimet, se siente orgulloso de los frutos de su trabajo manual, tanto que su padre lamenta su desinterés por la escuela. Su hermana, en cambio, Mariona (Xènia Roset), prefiere bailar música moderna con amigos. Ella siente la dinámica machista que tanto Quimet como Roger muestran para ejercer control sobre las mujeres de la familia.

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